Lo que oímos... y lo que no
Solemos hacer la distinción entre oír y escuchar, según la cual lo oímos todo pero sólo escuchamos lo que nos llama la atención. Y, en efecto, al observar la estructura delicada de la oreja humana, con sus curvas idealmente formadas para canalizar las ondas sonoras hacia el oído interno, podríamos pensar que lo oímos todo, que de alguna manera percibimos toda la riqueza sonora del mundo, aunque sólo escuchemos una pequeña parte. Sin embargo, en realidad oímos muy poco; y lo más sorprendente en nuestra facultad auditiva no es lo que oímos sino lo que dejamos de oír. Un ejercicio sencillo: en este momento, cierre los ojos durante dos minutos y escuche atentamente, uno por uno, los sonidos que lo rodean. Fácilmente descubrirá una decena de sonidos que no había oído, desde un avión en el cielo hasta su propia respiración —sonidos que han estado ahí, todo el tiempo, sin llegar a su consciencia.
Lo mismo sucede con los demás sentidos: vemos, saboreamos, sentimos, olemos, mucho menos de lo que nuestros órganos sensoriales captan sin que nos demos cuenta de ello. Bien podríamos preguntarnos qué proporción de los estímulos externos que nos rodean llega a nuestra consciencia. Existen estimaciones. Se sabe cuántos receptores hay en cada órgano sensorial. Cada una de estas células receptoras manda al cerebro cierta cantidad de información por segundo, medida en bits (la unidad de información más pequeña). Los ojos mandan alrededor de 10 millones de bits por segundo, los oídos 100 mil, la nariz 100 mil; en total, el cerebro recibe del mundo exterior alrededor de 11 millones de bits por segundo. Por otra parte, existen medidas aproximadas de cuántos bits de información llegan del cerebro a nuestra consciencia: cuántas imágenes, palabras, sonidos, olores, sensaciones táctiles, etc., podemos registrar por segundo. La cifra no rebasa, en ninguna modalidad sensorial, los 40 bits por segundo, y es mucho menor cuando estamos procesando estímulos complejos, como escuchar a alguien hablar. Se estima, en términos generales, que sólo registramos consciente mente al rededor de una millonésima parte de la información que nuestros órganos sensoriales (ojos, nariz, boca, piel) mandan continuamente a nuestro cerebro.1
Así es como, mucho antes de darnos algo a escuchar, nuestro aparato auditivo y cerebro han hecho por nosotros una selección, han “decidido” qué es lo que vamos a oír, y lo que no. ¿Cómo sucede esto y cuáles son los filtros que operan en esta selección? La facultad de oír un sonido incluye recogerlo, procesarlo e interpretarlo. En cada uno de estos tres pasos, se modifica el sonido original: el aparato auditivo amplifica algunas frecuencias y atenúa otras, y con vierte la energía acústica de las ondas sonoras originales en energía mecánica, hidráulica, química y final mente eléctrica, bajo cuya forma llega al cerebro para ser luego interpretada.
Así es como, mucho antes de darnos algo a escuchar, nuestro aparato auditivo y cerebro han hecho por nosotros una selección, han “decidido” qué es lo que vamos a oír, y lo que no. ¿Cómo sucede esto y cuáles son los filtros que operan en esta selección? La facultad de oír un sonido incluye recogerlo, procesarlo e interpretarlo. En cada uno de estos tres pasos, se modifica el sonido original: el aparato auditivo amplifica algunas frecuencias y atenúa otras, y con vierte la energía acústica de las ondas sonoras originales en energía mecánica, hidráulica, química y final mente eléctrica, bajo cuya forma llega al cerebro para ser luego interpretada.
Nuestra capacidad auditiva está limitada en primer lugar por el rango de sonidos que puede captar, en términos de su frecuencia y volumen. No sorprenderá a nadie que oigamos mucho menos que la mayoría de los mamíferos, así como es considerablemente menor nuestra capacidad olfativa. Si bien la mayoría de los mamíferos y las aves se guía ante todo por la vista, los animales nocturnos, por ejemplo los búhos y los zorros, dependen esencialmente del oído y han desarrollado una capacidad auditiva muy superior a la nuestra. Así, aun en la oscuridad completa, la lechuza común puede detectar, a través del oído, la ubicación, tamaño, trayectoria y velocidad de su presa. Sabemos, también, que los perros, gatos, bovinos y muchos más animales poseen una agudeza auditiva muy superior a la nuestra.
Un segundo filtro importante en nuestra capacidad auditiva es la adaptación, que en todos los órganos sensoriales hace que la respuesta a un estímulo se atenúe más o menos rápidamente. Si alguien me pone un dedo sobre la mano, lo siento en el primer instante, pero mucho menos tras unos segundos, aun que no haya cambiado la presión del dedo sobre mi mano. Cuando me visto, siento la textura de la ropa sobre mi piel por unos instantes solamente; después, dejo de percibirla.
Un tercer filtro es la habitación, que sucede ya no en los órganos sensoriales sino en el cerebro: tras pocos minutos, dejamos de oír todo sonido constante, repetitivo o irrelevante. No percibo el motor del refrigerador, salvo que se vaya la luz y de pronto se apague. No oigo el ruido permanente del tráfico fuera de mi ventana. No oigo mi respiración, a menos que decida ponerle atención. En este sentido, nuestra capacidad auditiva se parece mucho a la vista, tanto en los ani males como en el ser humano: no percibimos lo constante sino lo cambiante. En el jardín, notamos de inmediato el movimiento de una hoja o el vuelo de una mariposa, porque nuestra retina está configurada para darle prioridad a lo nuevo, lo inusual, relegando al trasfondo lo conocido y lo habitual.2
Un segundo filtro importante en nuestra capacidad auditiva es la adaptación, que en todos los órganos sensoriales hace que la respuesta a un estímulo se atenúe más o menos rápidamente. Si alguien me pone un dedo sobre la mano, lo siento en el primer instante, pero mucho menos tras unos segundos, aun que no haya cambiado la presión del dedo sobre mi mano. Cuando me visto, siento la textura de la ropa sobre mi piel por unos instantes solamente; después, dejo de percibirla.
Un tercer filtro es la habitación, que sucede ya no en los órganos sensoriales sino en el cerebro: tras pocos minutos, dejamos de oír todo sonido constante, repetitivo o irrelevante. No percibo el motor del refrigerador, salvo que se vaya la luz y de pronto se apague. No oigo el ruido permanente del tráfico fuera de mi ventana. No oigo mi respiración, a menos que decida ponerle atención. En este sentido, nuestra capacidad auditiva se parece mucho a la vista, tanto en los ani males como en el ser humano: no percibimos lo constante sino lo cambiante. En el jardín, notamos de inmediato el movimiento de una hoja o el vuelo de una mariposa, porque nuestra retina está configurada para darle prioridad a lo nuevo, lo inusual, relegando al trasfondo lo conocido y lo habitual.2
Es tan persistente la habitación que cuesta mucho trabajo revertirla. Hoy día, en la sociedad occidental, se han puesto de moda varias técnicas para aprender a “neutralizarla”. Por ejemplo, en ciertas tradiciones de meditación oriental que se han popularizado en occidente, se intenta recuperar todas esas sensaciones que normalmente pasan desapercibidas; se entrena la atención para volver a sentir, oler, oír y ver el mundo en su estado “natural”, sin la filtración previa de nuestros hábitos perceptuales. Se aprende a sentir la respiración, a escuchar un sonido o mirar un objeto con una atención completa y fija. Entrenarse a estar plenamente en el aquí y ahora no sólo implica disciplinar nuestra mente para permanecer en el momento presente, sino también reeducar nuestros sentidos.
Aparte de estos tres, existen otros filtros en nuestra capacidad auditiva. Como resultado de una evolución milenaria, entre la infinidad de sonidos que nos rodean hay algunos que, de manera automática e instantánea, destacan sobre todos los demás. Cualquier sonido que pudiera ser una señal de peligro nos llama la atención de manera inmediata y poderosa: si alguien grita “¡Fuego!” o “¡Cuidado!”, o si oímos algo que podría ser un disparo, nuestro aparato auditivo se pone de inmediato en estado de alerta e instintivamente volteamos hacia ese lado.
De igual forma, cualquier amenaza a nuestros seres queridos amplifica nuestra capacidad auditiva, como lo observamos en las madres o padres que, aun dormidos, escuchan el llanto de su bebé. Reconocemos la voz o el paso de nuestros seres cercanos aunque apenas sean audibles. También somos capaces de distinguir nuestro propio nombre si alguien lo menciona, aunque estemos del otro lado de la sala platicando con otras personas, en medio de una reunión animada (el llamado “efecto coctel’’).
Igualmente, cualquier sonido de tipo sexual, relacionado con la excitación, el acto o el placer sexual, así como las palabras asociadas al sexo, traspasan nuestros filtros auditivos y nos llaman de inmediato la atención. Cada uno de nosotros tiene, además, ciertos temas o palabras “clave” que despiertan nuestro interés y nos hacen escuchar con especial atención: por ejemplo, según cada persona, todo lo relacionado con el dinero, la comida o el fútbol...
Por tanto, nuestro aparato auditivo no es un medio de transmisión “fiel” que nos haga llegar al cerebro las ondas sonoras de nuestro entorno de una manera “pu ra”. El oído no es meramente un amplificador o alto parlante. Al igual que los demás órganos sensoriales, está conformado por un proceso milenario de selección natural para protegernos del peligro, y para que podamos alimentarnos y reproducirnos.
Ahora bien, podríamos pensar que la anatomía y la fisiología del cuerpo humano son factores invariables de la naturaleza humana. La investigación reciente nos muestra que éste no es el caso. Por ejemplo, aun cosas tan “innatas” o “naturales” como la menarca (la primera menstruación), la menopausia o la fertilidad, tanto masculina como femenina, han sufrido cambios importantes en los últimos treinta años. La menarca y la menopausia llegan a edad más temprana hoy que hace una generación, y sabemos que la capacidad reproductiva de los varones en el mundo desarrollado ha ido disminuyendo en cada década.
De igual manera existe una historia de la percepción y de la sensibilidad, que determina en cada época lo que vemos, oímos, olemos y sentimos. Para demostrarlo, sería suficiente medir el vocabulario sensorial de nuestra era, comparado con el de nuestros padres o abuelos, que todavía podían reconocer el canto de diferentes pájaros, distinguir y nombrar plantas, aromas y sabores sutiles... Cuando podían orientarse gracias a las constelaciones y predecir el tiempo al observar el cielo, cuando el mundo natural era todavía descifrable a través de los sentidos. Hoy, tiende a disminuir la agudeza de nuestro gusto, olfato, vista y oído, y necesitamos sensaciones cada vez más fuertes para poder aprehender el mundo en el que vivimos. Lo mismo ha sucedido con nuestra capacidad de atención, como lo veremos a continuación.
De igual forma, cualquier amenaza a nuestros seres queridos amplifica nuestra capacidad auditiva, como lo observamos en las madres o padres que, aun dormidos, escuchan el llanto de su bebé. Reconocemos la voz o el paso de nuestros seres cercanos aunque apenas sean audibles. También somos capaces de distinguir nuestro propio nombre si alguien lo menciona, aunque estemos del otro lado de la sala platicando con otras personas, en medio de una reunión animada (el llamado “efecto coctel’’).
Igualmente, cualquier sonido de tipo sexual, relacionado con la excitación, el acto o el placer sexual, así como las palabras asociadas al sexo, traspasan nuestros filtros auditivos y nos llaman de inmediato la atención. Cada uno de nosotros tiene, además, ciertos temas o palabras “clave” que despiertan nuestro interés y nos hacen escuchar con especial atención: por ejemplo, según cada persona, todo lo relacionado con el dinero, la comida o el fútbol...
Por tanto, nuestro aparato auditivo no es un medio de transmisión “fiel” que nos haga llegar al cerebro las ondas sonoras de nuestro entorno de una manera “pu ra”. El oído no es meramente un amplificador o alto parlante. Al igual que los demás órganos sensoriales, está conformado por un proceso milenario de selección natural para protegernos del peligro, y para que podamos alimentarnos y reproducirnos.
Ahora bien, podríamos pensar que la anatomía y la fisiología del cuerpo humano son factores invariables de la naturaleza humana. La investigación reciente nos muestra que éste no es el caso. Por ejemplo, aun cosas tan “innatas” o “naturales” como la menarca (la primera menstruación), la menopausia o la fertilidad, tanto masculina como femenina, han sufrido cambios importantes en los últimos treinta años. La menarca y la menopausia llegan a edad más temprana hoy que hace una generación, y sabemos que la capacidad reproductiva de los varones en el mundo desarrollado ha ido disminuyendo en cada década.
De igual manera existe una historia de la percepción y de la sensibilidad, que determina en cada época lo que vemos, oímos, olemos y sentimos. Para demostrarlo, sería suficiente medir el vocabulario sensorial de nuestra era, comparado con el de nuestros padres o abuelos, que todavía podían reconocer el canto de diferentes pájaros, distinguir y nombrar plantas, aromas y sabores sutiles... Cuando podían orientarse gracias a las constelaciones y predecir el tiempo al observar el cielo, cuando el mundo natural era todavía descifrable a través de los sentidos. Hoy, tiende a disminuir la agudeza de nuestro gusto, olfato, vista y oído, y necesitamos sensaciones cada vez más fuertes para poder aprehender el mundo en el que vivimos. Lo mismo ha sucedido con nuestra capacidad de atención, como lo veremos a continuación.
El concepto de atención
Sin atención no puede haber escucha, por lo cual debemos empezar por aclarar el significado de este término. Desde que empezó a estudiarse científicamente la atención, hace un siglo, han surgido al respecto diferentes definiciones y métodos de investigación. Se ha puesto más o menos énfasis en el carácter voluntario o involuntario, consciente o inconsciente, de la atención; se ha medido el tiempo que nos toma ponerla o quitarla; se ha descubierto lo que nos llama la atención y lo que no, y a cuántas cosas podemos atender a la vez... Todas las teorías al respecto han puesto el acento sobre la función esencialmente “filtradora” de la atención.
Como escribió el gran psicólogo norteamericano William James en 1890: “Todo el mundo sabe lo que es la atención. Es lo que sucede cuando la mente toma posesión, de manera clara y vívida, de uno entre varios objetos o pensamientos que serían simultáneamente posibles. La focalización, la concentración de la consciencia constituyen su esencia. Implica alejarse de algunas cosas para ocuparse eficazmente de otras...”.3 Desde entonces, la investigación sobre el tema ha comprobado que la función de la atención no consiste sólo en hacernos notar alguna cosa en particular, sino en cancelar o relegar a un segundo plano el resto. Es decir, la atención no sólo acerca ciertos objetos, sino que aleja los demás; no es meramente incluyente, sino excluyente.
Sin atención no puede haber escucha, por lo cual debemos empezar por aclarar el significado de este término. Desde que empezó a estudiarse científicamente la atención, hace un siglo, han surgido al respecto diferentes definiciones y métodos de investigación. Se ha puesto más o menos énfasis en el carácter voluntario o involuntario, consciente o inconsciente, de la atención; se ha medido el tiempo que nos toma ponerla o quitarla; se ha descubierto lo que nos llama la atención y lo que no, y a cuántas cosas podemos atender a la vez... Todas las teorías al respecto han puesto el acento sobre la función esencialmente “filtradora” de la atención.
Como escribió el gran psicólogo norteamericano William James en 1890: “Todo el mundo sabe lo que es la atención. Es lo que sucede cuando la mente toma posesión, de manera clara y vívida, de uno entre varios objetos o pensamientos que serían simultáneamente posibles. La focalización, la concentración de la consciencia constituyen su esencia. Implica alejarse de algunas cosas para ocuparse eficazmente de otras...”.3 Desde entonces, la investigación sobre el tema ha comprobado que la función de la atención no consiste sólo en hacernos notar alguna cosa en particular, sino en cancelar o relegar a un segundo plano el resto. Es decir, la atención no sólo acerca ciertos objetos, sino que aleja los demás; no es meramente incluyente, sino excluyente.
Esta función filtradora se ha confirmado a través de la investigación neurológica: cuando le ponemos atención a un estímulo, observamos una mayor actividad en los receptores sensoriales y los circuitos neuronales que corresponden a ese estímulo, y una actividad menor en los demás. Neurológicamente hablando, la atención involucra tanto mecanismos cerebrales que nos permiten concentrar la atención, como otros que sirven para suprimirla; estos mecanismos “deciden” por nosotros a qué estímulos vamos a responder, y a cuáles no. La información del mundo externo transita entonces por una serie de filtros que le permiten pasar, o no, a la memoria de corto plazo y, eventualmente, a la memoria de mediano y largo plazo, para llegar o no a nuestra consciencia. Se han detectado algunos criterios en este proceso de selección; por ejemplo, tendemos a focalizar nuestra atención, en orden decreciente, en nuestras necesidades físicas; en los estímulos relacionados con el peligro o el sexo; en estímulos novedosos; en algún objeto que nos interese especialmente; en nuestro propio nombre, y así sucesivamente.
Estos criterios, así como todos los mecanismos que van abriendo o cerrando el paso a los estímulos y que permiten que llegue a nuestra atención sólo una ínfima parte de ellos, resultan indispensables para nuestra sobrevivencia: no podríamos funcionar en el mundo si percibiéramos constantemente los miles de estímulos que nos rodean. Esto se aplica también a la escucha: si no hubiera en nuestro aparato auditivo y cerebro mecanismos para ignorar la enorme mayoría de los sonidos a nuestro alrededor, muy rápidamente seríamos rebasados y acabaríamos por no oír nada.
Estos criterios, así como todos los mecanismos que van abriendo o cerrando el paso a los estímulos y que permiten que llegue a nuestra atención sólo una ínfima parte de ellos, resultan indispensables para nuestra sobrevivencia: no podríamos funcionar en el mundo si percibiéramos constantemente los miles de estímulos que nos rodean. Esto se aplica también a la escucha: si no hubiera en nuestro aparato auditivo y cerebro mecanismos para ignorar la enorme mayoría de los sonidos a nuestro alrededor, muy rápidamente seríamos rebasados y acabaríamos por no oír nada.
Es importante notar aquí que el proceso de filtración, selección y eliminación necesario para que podamos percibir y procesar el mundo externo sucede enteramente fuera de nuestra consciencia. No podemos sentir ni controlar esta serie de pasos. Veremos en el capítulo ii que lo mismo sucede con nuestros mecanismos de defensa psicológicos, que operan en un nivel inconsciente e inaccesible para nosotros.
Pero la atención no sólo filtra los estímulos del mundo externo: también se aplica a nuestro universo interno. Por ejemplo, William James observó que la atención deliberada incluye cierto elemento de expectativa, la imaginación anticipada de lo que miramos, escuchamos o sentimos. En sus palabras: “Cuando esperamos que suene la hora en un reloj lejano, nuestra mente está tan llena de su imagen que en cada momento creemos escuchar su campanada, añorada o temida. O bien el paso de alguien a quien esperamos. Cada movimiento en el bosque es para el cazador su presa; para el fugitivo, sus perseguidores. La imagen en la mente es la atención; la percepción [...] constituye la mitad de la percepción del objeto esperado”. 4 Esta noción de expectativa también resulta esencial en nuestra forma de escuchar a los demás, como lo veremos más adelante.
James y otros autores hacen, asimismo, la distinción entre una atención proactiva y deliberada, y una atención pasiva, fuera de nuestro control, que reacciona ante estímulos inesperados. Los dos tipos de atención operan en la escucha y determinan, en gran parte, su calidad.
La investigación reciente, basada en el estudio de personas con lesiones cerebrales, ha encontrado que existen diferentes tipos de atención que van desde el más sencillo al más complejo. Se distinguen así:
• La atención focalizada, es decir la capacidad de responder a estímulos visuales, auditivos o táctiles específicos, uno a la vez.
• La atención sostenida, es decir, la capacidad de man tener la atención durante una actividad continua o repetitiva.
• La atención selectiva, es decir, la capacidad de sostener la concentración ante estímulos distractores: en otras palabras, la capacidad de no dejarse distraer.
• La atención alternante, que denota la flexibilidad de desplazar la atención de un objeto a otro y concentrarse sucesivamente en diferentes tareas.
• La atención dividida, la forma más compleja de la atención puesto que denota la capacidad de dedicar la atención, de manera simultánea, a varias tareas u objetos a la vez.5
Casi todos nuestros pensamientos y acciones dependen de nuestra capacidad de atención en estos diferentes niveles. Si uno de ellos no funciona adecuadamente, no habrá tampoco un buen desempeño de la concentración, memoria, aprehensión de la realidad, planeación ni seguimiento de nuestros actos. Nuestro funcionamiento cognitivo, así como nuestra capacidad de comunicación y por ende nuestras relaciones interpersonales, dependen de la calidad de nuestra atención, en todos los niveles descritos arriba. De la atención depende todo.
Se han escrito miles de libros sobre este tema, que ha sido central para la filosofía y la psicología, y es evidente que estas reflexiones no pueden ser exhaustivas. Sin embargo, entre una infinidad de consideraciones, me gustaría detenerme en un aspecto que me parece revelador: las distintas formas de hablar de la atención en diferentes idiomas. En español, se dice “poner atención”, fórmula que refleja la noción espacial de ubicar la atención en un lugar específico: se “desplaza” la atención a ese lugar y no a otro. El término francés es más proactivo: faire attention, que significa literalmente “hacer atención”, es una fórmula más dinámica, que parece connotar un esfuerzo de liberado. En cambio, la expresión anglosajona to pay attention, es decir, “pagar” o “rendir” atención, sugiere la idea de “dar” algo —idea presente también en la expresión hispana “prestar atención”, la cual denota algo que se entrega y luego se recupera. Creo que la escucha engloba todos estos aspectos: ubicar, hacer, dar, prestar la atención, pues connotan las diversas capas de la relación interpersonal que se establece cuando escuchamos a alguien. ¿A cuántos objetos podemos poner atención?
Básicamente, sólo podemos concentrarnos plena mente en una cosa a la vez, o en una modalidad sensorial a la vez: podemos oler, sentir, saborear, escuchar o mirar con plena atención, sólo de manera sucesiva.
Pero la atención no sólo filtra los estímulos del mundo externo: también se aplica a nuestro universo interno. Por ejemplo, William James observó que la atención deliberada incluye cierto elemento de expectativa, la imaginación anticipada de lo que miramos, escuchamos o sentimos. En sus palabras: “Cuando esperamos que suene la hora en un reloj lejano, nuestra mente está tan llena de su imagen que en cada momento creemos escuchar su campanada, añorada o temida. O bien el paso de alguien a quien esperamos. Cada movimiento en el bosque es para el cazador su presa; para el fugitivo, sus perseguidores. La imagen en la mente es la atención; la percepción [...] constituye la mitad de la percepción del objeto esperado”. 4 Esta noción de expectativa también resulta esencial en nuestra forma de escuchar a los demás, como lo veremos más adelante.
James y otros autores hacen, asimismo, la distinción entre una atención proactiva y deliberada, y una atención pasiva, fuera de nuestro control, que reacciona ante estímulos inesperados. Los dos tipos de atención operan en la escucha y determinan, en gran parte, su calidad.
La investigación reciente, basada en el estudio de personas con lesiones cerebrales, ha encontrado que existen diferentes tipos de atención que van desde el más sencillo al más complejo. Se distinguen así:
• La atención focalizada, es decir la capacidad de responder a estímulos visuales, auditivos o táctiles específicos, uno a la vez.
• La atención sostenida, es decir, la capacidad de man tener la atención durante una actividad continua o repetitiva.
• La atención selectiva, es decir, la capacidad de sostener la concentración ante estímulos distractores: en otras palabras, la capacidad de no dejarse distraer.
• La atención alternante, que denota la flexibilidad de desplazar la atención de un objeto a otro y concentrarse sucesivamente en diferentes tareas.
• La atención dividida, la forma más compleja de la atención puesto que denota la capacidad de dedicar la atención, de manera simultánea, a varias tareas u objetos a la vez.5
Casi todos nuestros pensamientos y acciones dependen de nuestra capacidad de atención en estos diferentes niveles. Si uno de ellos no funciona adecuadamente, no habrá tampoco un buen desempeño de la concentración, memoria, aprehensión de la realidad, planeación ni seguimiento de nuestros actos. Nuestro funcionamiento cognitivo, así como nuestra capacidad de comunicación y por ende nuestras relaciones interpersonales, dependen de la calidad de nuestra atención, en todos los niveles descritos arriba. De la atención depende todo.
Se han escrito miles de libros sobre este tema, que ha sido central para la filosofía y la psicología, y es evidente que estas reflexiones no pueden ser exhaustivas. Sin embargo, entre una infinidad de consideraciones, me gustaría detenerme en un aspecto que me parece revelador: las distintas formas de hablar de la atención en diferentes idiomas. En español, se dice “poner atención”, fórmula que refleja la noción espacial de ubicar la atención en un lugar específico: se “desplaza” la atención a ese lugar y no a otro. El término francés es más proactivo: faire attention, que significa literalmente “hacer atención”, es una fórmula más dinámica, que parece connotar un esfuerzo de liberado. En cambio, la expresión anglosajona to pay attention, es decir, “pagar” o “rendir” atención, sugiere la idea de “dar” algo —idea presente también en la expresión hispana “prestar atención”, la cual denota algo que se entrega y luego se recupera. Creo que la escucha engloba todos estos aspectos: ubicar, hacer, dar, prestar la atención, pues connotan las diversas capas de la relación interpersonal que se establece cuando escuchamos a alguien. ¿A cuántos objetos podemos poner atención?
Básicamente, sólo podemos concentrarnos plena mente en una cosa a la vez, o en una modalidad sensorial a la vez: podemos oler, sentir, saborear, escuchar o mirar con plena atención, sólo de manera sucesiva.
Pero podemos percibir “parcialmente” varios objetos a la vez, o atender a estímulos que nos llegan a través de diferentes órganos sensoriales a la vez; podemos ver, escuchar, oler y sentir algo al mismo tiempo, pero sin poder prestar una atención plena y simultánea a cada modalidad. Asimismo, podemos alternar muy rápidamente entre varios objetos o tareas, en lo que hoy se llama multitasking. Pero nuestra capacidad de concentración completa se limita a una cosa a la vez. Esto significa que no podemos escuchar a alguien (aunque sí oír el sonido de su voz) y al mismo tiempo leer el periódico, navegar por Internet o mandar un mensaje de texto, aunque pensemos que sí podemos lograrlo.
Los límites de nuestra capacidad de atención se han estudiado a profundidad y, sorpresivamente, siempre sale a relucir el número siete. Se ha descubierto, una y otra vez, que podemos registrar y retener en la mente sólo siete cosas a la vez: más o menos siete objetos, siete palabras, siete sonidos... Más allá de esa cifra, registramos conjuntos de objetos: ya no diez monedas o frijoles, sino cinco y cinco, o siete y tres... Un buen ejemplo de esta tendencia a agrupar las unidades se encuentra en la lectura: no registramos las letras lectura de manera aislada, sino la palabra en su conjunto, como una sola palabra y no siete letras aisladas. Cuando hacemos un esfuerzo de memoria, recordamos las siete letras porque forman una entidad coherente y conocida. Pero si intentamos recordar las letras tbsohqpu, nos daremos cuenta de qué tan limitada es nuestra capacidad de registrar más de siete cosas a la vez.
Los límites de nuestra capacidad de atención se han estudiado a profundidad y, sorpresivamente, siempre sale a relucir el número siete. Se ha descubierto, una y otra vez, que podemos registrar y retener en la mente sólo siete cosas a la vez: más o menos siete objetos, siete palabras, siete sonidos... Más allá de esa cifra, registramos conjuntos de objetos: ya no diez monedas o frijoles, sino cinco y cinco, o siete y tres... Un buen ejemplo de esta tendencia a agrupar las unidades se encuentra en la lectura: no registramos las letras lectura de manera aislada, sino la palabra en su conjunto, como una sola palabra y no siete letras aisladas. Cuando hacemos un esfuerzo de memoria, recordamos las siete letras porque forman una entidad coherente y conocida. Pero si intentamos recordar las letras tbsohqpu, nos daremos cuenta de qué tan limitada es nuestra capacidad de registrar más de siete cosas a la vez.
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